jueves, 26 de diciembre de 2013

Es rara, la nostalgia

Echar de menos es una putada, perdonadme la palabra. Pero lo es. Lo peor es que, hay millones de formas de sufrir el "síndrome de echar de menos". Creo que casi tantas como personas, por eso de que cada uno tenemos una forma de sentir. Yo soy una persona de echar mucho de menos.

No es que no disfrute de lo que tengo. Pero he tenido muchas cosas buenas que se han ido. Y cada una la echo de menos de una forma.

Tipos y ejemplos:
Echo de menos cientos de cosas de mi infancia.
Pero echar de menos esas cosas, es sano. Porque sabes que creces y maduras y vas viviendo otras muchas cosas (algún día podré escribir un libro con, por ejemplo, las cosas que hacía y hago aún con mis primos, mis compañeros de infancia por excelencia).

Lo que no es tan sano es echar de menos cosas que pusieron un punto final o, como mínimo, un punto y coma. Echar de menos a ciertas personas (compañeros de piso, de clase, de fiestas o amor y otras cosas, familia o amigos). Acordarte de alguien (casi) todos los días es bonito hasta cierto punto. Lo es hasta que eso no te deja avanzar o abrirte a nuevos comienzos. Unos se fueron con mayor gloria que otros, no todos por las mismas razones y no todos obligados por las circunstancias. Algunos duelen. Mucho. Porque aunque cuando recuerdas ciertas cosas, sonríes, después no puedes evitar desear que estuviera ahí. Y a cada uno se le echa en falta de una forma distinta al otro.

Sufrir por lo que ya nunca más va a pasar. Eso es lo verdaderamente insano. La putada. Porque una cosa es acordarte de lo bueno que fue y otra desear que algo que jamás volverá a pasar, pase. Una cosa es evolucionar y saber que las cosas se transforman pero no se destruyen (como la energía), y otra que la puerta está echada con llave para siempre, y que solo se abre para darte un golpe. Y no hablo solo de personas.

¿Por qué escribo esto que ni yo entiendo ni sé explicar? No lo sé, seguramente porque últimamente (insisto, todavía disfrutando de todo lo bueno que tengo, que no es ni son pocos) haya vivido demasiado insanamente y creyera que poniéndolo en palabras podría servir de algo.



"Es rara, ¿no? la nostalgia...Porque tener nostalgia en sí no es malo, eso es que te han pasado cosas buenas y las echas de menos. Yo, por ejemplo, no tengo nostalgia de nada, porque nunca me ha pasado nada tan bueno como para poder echarlo de menos...Eso si que es una putada. ¿Se podrá tener nostalgia de algo que aún no te ha pasado? Porque a mí a veces me pasa. Me pasa que me imagino cómo van a ser las cosas, con los chicos por ejemplo o con la vida en general, y luego me da pena cuando me acuerdo de lo bonitas que iban a ser, porque iban a ser preciosas... Y, luego cuando lo pienso me da nostalgia, cuando me doy cuenta de que aún no han pasado y que a lo mejor no pasan nunca...Me pongo súper triste, pero es como una tristeza a cuenta, como la fianza de cuando alquilas una casa, pero con tristeza, que la pones por delante, porque total, sabes que la vas a acabar utilizando igual...". Princesas - Fernando León de Aranoa

domingo, 8 de diciembre de 2013

Los domingos de Miguel

Camiseta interior, jersey gordo, polar, abrigo, bufanda, guantes y gorro. Todo en su sitio. Hoy es el partido número nueve que Miguel vive en el campo. Y el cuarto en el que debe ponerse el equipamiento completo contra las bajas temperaturas. Pero a Miguel no le importa no poder moverse a penas con tanta capa. Ni que, a veces, le duelan los pies de lo fríos que se le quedan. A Miguel solo le importa que la bufanda y el gorro que lleva tengan el escudo del Alba. En el cole todos sueñan con ser Cristiano Ronaldo, Messi o Casillas. O con marcar un gol como el de Iniesta en la final de Sudáfrica. En el recreo de los lunes, los debates sobre si es mejor el Madrid o el Barça (últimamente hasta se admite al Atlético) son lo más habitual. Pero Miguel nunca interviene en ellos. Él los mira y piensa: “ Qué tontos. Si vieran los goles de Rubén Cruz y Calle, y las paradas de Dorronsoro…” Pero nunca lo dice en voz alta, porque sabe que entonces al que tacharían de tonto era a él.

jueves, 5 de septiembre de 2013

Se necesita

NOTA PREVIA: Dedicado a mis amigos de Acampada Globo, porque solo ellos se sienten como yo con lo de: "Son las 2 menos 10, hora de ir a las Manchegas". Y a alguien a quien no compensaría con unas Manchegas todo lo que me ha enseñado.


Manos a la cintura, pie derecho golpeando con suavidad el suelo y vuelta sobre sí misma inclinándose levemente con el brazo derecho por delante. Así empieza una madrugada más el baile. Su favorito: las manchegas de Albacete. Ella y sus amigos no fallaban una sola noche de feria a la cita a las dos. Era, con casi toda seguridad, lo que más les gustaba de aquellos días. Y eso que todo les agradaba. Para ella era mucho más especial.

Al tiempo que sus amigas bailaban sevillanas y sus amigos jugaban al fútbol, ella crecía bailando manchegas mientras su madre le tejía un nuevo refajo. Afición de la que siempre presumió. Hasta cuando se marchó a estudiar fuera, donde prometió enseñarle la danza a la única persona que no le hizo sentir la distancia de Albacete. Y, aunque había sido ella quien ayudó a todos a perfeccionar los pasos de aquel baile, hoy volvían a ser impares y ella volvía a ser la que debía compartir aquellos minutos con un desconocido.

Tras la vuelta, levanta la cabeza y, al fin se fija en su pareja de hoy. Su cara le suena. No le da mayor importancia y se limita a sonreírle en los cruces. “Se necesita, se necesitaaaa…” Sigue la melodía.
Y, cuando al fin él posa su rodilla y le tiende la mano, en señal de que el baile ha terminado, ella le reconoce.

-Ya era hora de que me enseñaras a bailar esto, manchega.