sábado, 21 de agosto de 2010

"Y es que todos creemos que se ama a alguien por sus virtudes o por sus atributos, sean estos morales o físicos, pero es mentira. Jamás se ama o se desea a alguien por sus virtudes, por muy grandes que éstas sean, sino siempre a pesar de sus defectos"
[La cinta roja- Carmen Posadas]


Estaba enfadada. De verdad. Y él se dio cuenta. Era extraño que así fuera, pero por una vez en su vida la había mirado en serio. Y no como lo hacía siempre, con esa mirada de estúpido con la que no podía ver más allá de sus narices.

-Venga, no te enfades- Le dijo, tratando de arreglarlo, mientras le ponía una mano en el hombro. Ella no se giró. Estaba tragándose las lágrimas. Una vez más. Salvo que esta vez no quería que se diera cuenta. ¿Para qué? ¿Para que sin saber por qué, porque nunca se daba cuenta cuando le hacía daño, le dijera alguna de sus tonterías, una de esas con la que ella volvía a caer a sus pies?
-Por favor, mírame… De verdad que lo…- Por primera vez se había dado cuenta de lo que había hecho. Pero no era capaz de terminar aquella frase. Porque jamás la había dicho en voz alta por orgullo.
-Vete. –No gritó, no perdió los nervios y ya no parecía estar a punto de llorar. Algo había cambiado. Algo o alguien le habían hecho cambiar. Más bien reaccionar.
-No, date la vuelta y mírame… No me voy a ir hasta que esto no quede arreglado.
-¿Qué? ¿Qué se tiene que arreglar?-Por fin se dio la vuelta y le miró a los ojos.- A esto le tendría que haber puesto arreglo yo la primera vez. Pero no fui capaz. Ni esa vez ni todas las que vinieron después. Sabes que tiendo a depender de los demás, pero nunca lo había hecho tanto como contigo. Cuanto más daño me haces, menos me doy cuenta y más me engancho. Eres mi droga, ésa que necesito para poder respirar. Pero la que me destruye al tiempo…
-Lo... lo… Yo no sabía que te estuviera haciendo tanto daño- Empezaba a darse cuenta de cómo era, de cómo había sido siempre con ella. Cada desplante, cada mala palabra, cada mal gesto. De todo ello no había sido consciente. Tampoco de las veces que ella estuvo ahí sin que él se lo pidiera. Las veces que no le preguntó nada y simplemente le alentó a seguir. Las veces que aplaudió sus logros cuando nadie más lo hacía. Todas las llamadas, los gestos tontos…Él sólo había visto una mínima parte de todo aquello.