sábado, 19 de junio de 2010

...Amor porteril...


Todos los que me conocen mínimamente, saben de mi amor por los porteros. A mi padre ya le parecía raro que cuando me llevaba al fútbol, me fijara más en los aciertos de Valbuena (guardamenta del Albacete Balompié. por aquel entonces) que en los goles que marcaban los delanteros, o que casi llorara más con sus cantadas que con los increíbles fallos de los encargados de golear. A mí me encantaba nuestro sitio del Gol Sur, siempre detrás de él… También es sabido, que jamás se me dio bien ningún tipo de deporte, por eso me sentía genial cuando conseguía frenar algún intento de gol de mi primo Andrés en nuestros chutes de las noches veraniegas, (aunque luego empecé a pensar que me las tiraba mal a posta, por esa manía suya de querer hacerme sentir bien siempre). En el colegio (donde hacía de árbitro) me molestaba que perdiéramos demasiado tiempo discutiendo a quién le tocaba ponerse de portero. “Es que los porteros no pueden marcar goles, se aburren y nadie les quiere…” ¡Vaya escusa más mala que se buscaban mis amigos! Yo les hubiera querido…

Luego llegó él… Iker Casillas. Siempre he sido antimadridista, pero mi debilidad por los porteros hizo que terminara siendo mi amor platónico, más cuando mi primo pequeño dedujo que por haber nacido en el mismo día, nuestros destinos terminarán uniéndose algún día (aunque él ahora prefiera a la Carbonero, y contra ella no se pueda competir).


El amor es irracional. Por eso me cuesta explicar porqué un portero me va a ganar antes que un delantero (futbolísticamente hablando). Pero supongo que algo tendrá que ver el hecho de la importancia de los porteros, y lo infravalorados que están… Seguramente no hayáis oído muchas críticas de los numerosos fallos de Torres, pero sí de las cantadas de Casillas, por ejemplo. Cuando el Alba es incapaz de ganar, toda la culpa recae siempre sobre Cabrero, ¡cómo si la obligación de los demás no fuese marcar! Sin embargo, nunca es al revés… cuando un portero se porta genial, se queda en algo anecdótico… Sobre los porteros han caído muchos de los empates que han ayudado al equipo propio y perjudicado al contrario (un 0-0 se suele deber a la buena intervención de alguno de los dos porteros)… Igualmente, creo que el trabajo de un guardameta es mucho más que físico, debe ser una perfecta coordinación entre la percepción de los movimientos de los demás y la acción propia que se deba llevar a cabo.

Hoy mi equipo se juega el descenso contra otro que ha estado muy cerca del ascenso, por eso en quien más confío es en el portero. Y pase lo que pase, seguiré admirando a los que juegan bajo los palos…

viernes, 11 de junio de 2010

...Imaginación atroz...


Siempre había tenido una imaginación atroz (en el sentido negativo de la palabra). A los que más la querían no les gustaba que utilizara aquel adjetivo para definirla, a fin de cuentas, su imaginación era lo único que podía hacerla algo especial. Lo que de pequeña le hacía crear escenarios a base de la nada en los juegos con sus primos y lo que de grande le permitía escribir trasladándose a lugares y tiempos en los que nunca había estado, plasmar en el papel todo lo que sentía de una manera más especial o lo que le hacía hablar de amores que nunca había vivido (ni viviría). Sin embargo, ella sabía que, efectivamente, atroz era un adjetivo bastante bueno para definir su imaginación. Como todos los niños, la imaginación le jugó alguna que otra mala pasada (y eso sumado a su tremenda patosidad, el hecho de que siempre fuese llena de moratones y heridas). Pero con los años no le pasó como a otros niños, que fueron dejando de lado su imaginación, o como mínimo, fueron algo más realistas. No, ella continuó pensando en lo que podría pasar y luego nunca pasaba. Ella seguía imaginando besos con labios que jamás saboreó y abrazos que jamás le llenaron como esperó.Siguió ilusionándose por el más mínimo detalle que ella veía podía terminar en algo grandioso. Cuando algo no le gustaba, se inventaba otros finales para su historia. Lo peor, que se los terminaba creyendo. Quizá también tenía algo que ver con los constantes sueños, o más bien pesadillas, que le acompañaban cada noche, pero ésa, ésa era otra historia. Por eso le parecía tan atroz, porque cuando le tocaba comprender que, de nuevo, su imaginación le había hecho un flaco favor, volvía a sentirse estúpida… Hasta que su fiel compañera volvía, por muy cansada que estuviera ya, para dejarle inventarse otro final y dar paso a otro maldito círculo de dolor aún más estúpido que ella