sábado, 14 de febrero de 2009

Luces Rojas (Epílogo y fin)

Aquel par de desconocidos que apenas hacía unas horas que se habían visto por primera vez, no eran tan desconocidos a fin de cuentas. Se habían salvado mutuamente.Él la salvó de una venganza, porque se la llevó muy lejos de allí y nadie echó tan siquiera en falta al enterrador, pero le dio igual, porque a partir de aquel momento, sabía que alguien le lloraría cuando no estuviera.Ella lo salvó a él de la muerte, de la soledad. Porque aunque ella creyera que era la única de los dos que no vivía, lo de él tampoco era vida, ni muchísimo menos.Aquella mañana caminaron mucho. Entre andanzas, terminaron subidos a un carro que se dirigía a otra ciudad muy lejana. Ni siquiera supieron bien donde se encontraban tras el largo viaje. Pero les dio igual.Los comienzos fueron duros, por supuesto, el destino ya los había ayudado haciéndoles coincidir aquella noche. Ella aprendió a coser, y se ganó la vida tejiendo elegantes vestidos, vestidos que ya no iba a llevar nunca más, se sentía más guapa así, con su nueva vida de sencillez. Forjó fama entre las damas de la región, sin saberlo había heredado de su abuela el talento para diseñar y confeccionar preciosos vestidos, sólo que ella no perdería la vista y podría desarrollar al máximo su talento. Él nunca más enterró a los muertos a los que nadie lloraría, tampoco a los que estaban plagados siempre de visitas, y de lágrimas. La muerte ya no era para él, ni siquiera para verla de lejos. Ahora se dedicaba comerciar. Tenía un gran talento para ello, aunque él no lo supiera, pero es que ella le enseñó que basta con intentarlo y quererlo para conseguirlo.Se enseñaron cuanto sabían. Ella le mostró como leer, como escribir y como llevar a cabo las cuentas, cuentas que él manejaría a la perfección a la hora de realizar las transacciones. Él fue quien le enseñó a dar las primeras puntadas con una aguja y un pedazo de hilo cuando se le rompió el único vestido que le quedaba. Y así, poco a poco, modestamente, comenzaron a vivir.Alcanzó lo que soñaba, porque tuvo que pasar mucho tiempo hasta que compartieron la misma cama. Se habían casado en seguida, para poder regular su situación, y para no dar pie a las habladurías, sobre todo por ella. Lo hicieron porque estaban convencidos de cuanto se amaban, pero aún así, se fueron conociendo poco a poco. Él la mimó, respetó y cuidó sin esperar nada a cambio, tal y como ella había deseado siempre que sucediera. Ella le correspondió poco a poco, dejó que viera sus más oscuros secretos, y que conociera sus más anhelados deseos, algo que no había hecho con nadie nunca. Y después de un tiempo, llegó aquella primera noche en que ella se acurrucó a su lado antes de dormir, el momento en que él la abrazó dulcemente, y ella se acercó a su boca y no dudó en besarlo profundamente, apasionadamente, tal y como él esperaba que hubiera sucedido cuando la rescató de su futuro incierto. Y ese fue el comienzo de millones de besos, y millones de noches juntos. El comienzo de millones de días unidos, el comienzo de pequeñas historias, de grandes risotadas, de algunas lágrimas, de cientos de abrazos, el comienzo de la confirmación de su amor. Incluso el comienzo de una nueva vida. Una para cada uno, y una nueva para su primer hijo. El primer hijo que añadiría más amor aún a aquella casa, aquella que por fin merecía el pronombre posesivo, porque al fin y para siempre, ambos habían encontrado SU casa, que a decir verdad, se hubiera encontrado en cualquier lugar en que ambos hubieran estado, juntos, por supuesto…Y nunca nunca más, tuvo que volver a la calle de noche, a esas horas en las que todos llamaban: las horas de las luces rojas. Su vida sólo se regiría por el rojo de la sangre que la unía a sus hijos, y por la luz que él le daba en cada instante.

jueves, 5 de febrero de 2009

Luces Rojas (Capítulos IV Y V)

Allí estaba. Escondida tras lo que era su casa. Una casa era aquello que albergaba calor, y aunque había conseguido dinero para comprar leña suficiente para mantener el calor durante todo el invierno con la chimenea, ella siempre tenía frío.

Y allí está, escondida detrás del roble fuerte y grande que está junto a su casa, observando que nadie esté rondando por su supuesto hogar, que nadie la esté buscando. Quizá estén dentro. O quizá simplemente no se hayan molestado en ir a buscarla, tal vez el noble haya tenido que salir de viaje esa misma mañana y no tuviera tiempo ni para buscarla, o tal vez se hubiera emborrachado lo suficiente que ni siquiera la recordara. Sí, había estado atemorizada por algo que tal vez ni siquiera fuese a suceder, porque ella no es tan importante como para ser tan siquiera castigada. Además, por mucho que el ego y el orgullo de un noble estuviesen heridos, no iba a estar perdiendo el tiempo en buscar a una prostituta, puesto que de enterarse la corte, su reputación quedaría aún más arruinada que su orgullo.

Está decidida a entrar en la casa. Ya no es su casa, nunca más lo va a ser, cuando salta de allí, irá cargada de esperanza, de nuevas ilusiones, irá cargada de una ella nueva. Lo primero que hará será volver a tener una vida normal. Se acabaron las salidas nocturnas y dormir durante el día. Trabajará duro, de lo que sea, quizá pueda conseguir trabajo en alguna de esas fábricas textiles que estaban dejando de lado a los artesanos tras la aparición de máquinas. O incluso ser aprendiz de algún artesano. Ya no es tan niña como para empezar de cero, pero tampoco es tan mayor como para tener que mendigar. No va a rendirse hasta encontrar algo con lo que vivir. Tal vez hasta encuentre un marido que la quiera y la respete, que sólo le mime sin pedir nada a cambio, sin dejar después un saco de monedas de plata u oro, alguien que la aceptara tal y como es. Sería demasiado soñar, pero sólo pensarlo le hace sonreír, porque puede que hasta sea madre, que tenga una niña a la que mimar y llevar vestida con lindos vestidos, o un niño que sea fuerte y valiente…
Pero si quiere hacer todo eso realmente, sabe que tiene que darse prisa.

Está cruzando la calle. Mira bien al frente, esta vez sin temor, con valentía, pasos firmes, de esos que parecen que van a hacer un agujero en el suelo. Pero ha hecho muchos planes demasiado a prisa y no ha tomado las medidas adecuadas, ha tardado mucho, como siempre. Alguien la toma del brazo. Mucho miedo. Claro se ha quedado parada muchísimo tiempo desde que llegó, y aunque cuando se colocó tras aquel enorme árbol no había nadie esperando, ahora ya la han encontrado. Miedo. Hacía tanto que no sentía el miedo. Justo ahora que quería y necesitaba una nueva oportunidad para poder al fin ser feliz, iba a arruinarse su vida, o lo que parecía al fin el comienzo de ella. Tiembla, los segundos parecen siglos y ni siquiera intenta huir, se deja conducir, sería una locura tan siquiera pensarlo. No mira a su opresor, no quiere odiarlo, porque puede ser tan solo un enviado que nada tenga que ver, que ni siquiera quiera castigar a nadie. Apenas han andado unos cuantos metros, cuando se tranquiliza. Se tranquiliza porque el viento ha cambiado su rumbo y con él nuevos olores han llegado hasta su nariz. Y hay uno que le resulta familiar. No es un buen olor precisamente. Es algo parecido a alguien cercano a la muerte, o al menos a los muertos, pero que sin embargo quiere aferrarse a la vida más que nunca.
No hay que temer. El miedo se pasa, su corazón vuelve a latir con la normalidad anterior. O puede que incluso más calmado, más relajado. Aunque eso sí, con un toque de esperanza. Sabía que por mucho que ella se hubiera empeñado, el destino le tenía deparada una pequeña sorpresa. O una muy grande. Sí una gran sorpresa que le ayudaría a vivir. Por fin, desde ese mismo instante siente que vive. Poco a poco se está dando cuenta que aunque el destino o la casualidad le hayan ayudado un poco, si aquella noche no hubiera decidido que iba a cambiar, si aquella noche no hubiera puesto empeño a la hora de correr. Si aquella noche no hubiera pensado en todo lo que le esperaba, en todo lo que podía convertir en realidad si se lo proponía, el destino no hubiera sido tan listo ni tan fuerte como para ponerlo todo, o casi todo de su parte. Vive. ¡Qué sensación más maravillosa es esa de vivir!





Capítulo V

Se va a dar la vuelta poco a poco, y va a alzar la cara. Va a ver de nuevo ese bello rostro y va a sonreír, hasta se le va a escapar una risa tonta.

-¿Te parezco gracioso?- Claro que le parece gracioso. Es gracioso ver un cuerpo tan digno de ser de un príncipe con un comportamiento tan hosco y dulce al tiempo. Es graciosísimo que hubiera tenido miedo de él, que a pesar de ese cuerpo gigante, sería incapaz de matar a nadie, ni siquiera un cordero aunque estuviese muerto de hambre. Era tremendamente gracioso, que él estuviese allí, mirándola, porque hasta hacía unas horas no lo conocía de nada. Sin duda aquello era gracioso.

-¿Qué haces por aquí?
-Protegerte
-Protegerme, ya veo. Gracias pero no era necesario que nadie viniera a rescatarme de… de nada exactamente- Si lo necesitaba y lo sabía.
-No sé bien de quien huyes, pero si hubieras llegado a cruzar la calle, te aseguro que aquel hombre- y señaló a la acera de enfrente, un hombre con un gran sombrero estaba apoyado en un rincón, medio adormilado- te hubiera cogido y te hubiera llevado con él, y me parece a mí que eso era precisamente lo que tú no querías, ¿cierto?
-¿Por qué?
-Bueno, la gente normal dice gracias, simplemente.
No puede evitar volver a reírse. Estuvo a punto de contestarle, algo que le hubiera hecho sentir mal a él, quizá lo hubiera ridiculizado un poco y entonces sólo dijo:
-Gracias. ¿Y ahora qué se supone que debo hacer? No puedo quedarme aquí parada esperando que me reconozca, tampoco he podido ir a mi casa a coger nada.
-Por eso no te preocupes.- En ese instante sacó un pequeño saco lleno de plata y algunas joyas. Sus joyas.
-¿Te sueles dedicar a robar a las mujeres?
-¡Eh! Jamás en mi vida he robado nada, esto es tuyo, pues para ti es, me tomé la molestia de entrar por detrás para coger lo que querías. A mí no me esperaban, y supongo que asusto demasiado como para que un tipo como aquel me hubiera dicho nada.

Entonces él echa a andar. No es como lo imaginaba, él esperaba un beso muy largo y apasionado o algo así, que lo tratara como a un héroe, como a su héroe.
No había dado apenas tres pasos largos cuando le llamó la atención.

-¡Ey! ¿Te vas a ir sin despedirte?
-No me gustan las despedidas, créeme que de eso entiendo mucho.
-No nos despidamos entonces.- Y en ese instante se colgó de su brazo y comenzaron a caminar. Era de día, muy de día, y la gente los miraba. Ella con sus ropas rotas, él con su torpeza, pero la gente no los miraba por eso. Si no porque sin duda, en sus ojos se notaba el amor que se tenían el uno al otro, y eso es algo que no pasa todos los días. Que el amor esté en los ojos de un par de desconocidos, que ese amor destellante, fuese capaz de dar luz a aquella ciudad sombría y oscura.

Él esperaba un beso, pero aquello era mucho mejor. Aquello era el principio de una bonita historia, lo presentía.

Y mientras ellos se alejaban más y más, el hombre del sombrero grande despertará y echará a andar muy lejos y en dirección contraria a ellos.


Y mientras ella se acerqué cada vez más a él, juntando su cabeza con su brazo, él se sentirá feliz y vivo. Más vivo que nunca. Y ella verá desaparecer poco a poco todos los farolillos de luces rojas para pasar a ver sólo la luz de los rayos del Sol, ese Solo que ahora siempre va a brillar para ella.