jueves, 29 de enero de 2009

Luces rojas (Capítulo III)

Han mantenido la mirada, como si se tratase de una especie de competición para ver quien es capaz de aguantar más tiempo. Aunque ella no sabe bien si lo ha hecho por mostrarle que es fuerte y que no le teme, o porque se ha quedado hechizada con ese par de ojos color miel.

-¿Qué haces aquí?- Será él quien rompa la competición, será él el primero en mirar al suelo de nuevo, y será él el primero en hablar.

Por primera vez en su vida, estará nerviosa sin saber qué decir o cómo actuar.

-¿No piensas responderme?
-Yo… Yo no sé como he llegado aquí, ahora trataba de salir.
-Pues vas mal encaminada, si sigues hacia allá sólo encontrarás más arbustos y al final un muro. Y en cuanto a colarte en un cementerio que está muy lejos de la ciudad por error…
-Supongo que sería mucho pedir que no hicieras preguntas.

Él la miró con extrañeza, pero cumplió ese favor y no le preguntó nada, le tendió la mano para poder guiarla hacia la salida. Ella al principio se quedó largo rato observando aquella mano llena de heridas y marcas, marcas de un trabajo duro. La mano que la guiaría a la salida, y que le daría algo de calor a la suya que estaba congelada por completo. El trayecto será más corto de lo que creía, y el silencio mucho más largo de lo que hubiera querido.
Pero no llegarán a la entrada del cementerio, si no a una pequeña casa. Él atará al perro junto a un árbol próximo, soltándola de la mano pero retomándola de nuevo para conducirla hasta el interior de la pequeña casa.
Ella se pone nerviosa porque cree que se ha dejado conducir demasiado, no entiende porque la está llevando a la que se supone es su casa.

-Siéntate-Le ordenará cuando hayan entrado, acercándose a un cazo que seguramente contendría algo caliente que tomar.
Observará minuciosamente la casa, es más pequeña de lo que parece por fuera. Muy pobre, sólo tiene una silla, donde ella está sentada, una mesa, una camastro y una pequeña cocina. Ni siquiera un armario, un solo baúl que parece lo más valioso de todo lo que allí había.

Le ofrecerá lo que parece una jarra de latón llena de un caldo amarillento. Lo mirará con algo de repugnancia.
-Es sopa, de lo que me sobró de la cena. Pensé que te apetecería algo caliente antes de marcharte, puesto que tus manos estaban más que congeladas.

Entonces le parecerá menos repugnante, menos repulsivo y asqueroso, y lo beberá de un solo sorbo. Sin duda todo lo que él hacía lo hacía con buena fe, a pesar de su tosquedad y brusquedad, seguramente debida a su escaso trato con los vivos. Debía ser el enterrador y vigilante de aquel lugar, alguien solitario.

-Creo que he de irme- Quería llegar a una hora temprana y ya había terminado de salir el Sol por completo. Se levantará y antes de haber alcanzado la puerta un “no” y una cogida por el brazo.

-No te marches aún, espera que sea un poco más tarde, que la mala gente de la noche haya terminado de recogerse.
-Yo soy la mala gente y debo regresar antes de ser cazada.
-¿Cazada?
-Ya te dije que sin explicaciones, es más fácil para mí y también para ti.
-Si has robado o matado a alguien puede que pertenezcas a la mala gente, pero de lo contrario, ni siquiera se puede dudar de que no eres una buena persona.
Se han vuelto a mirar a los ojos, y esta vez ha habido algo más profundo. Ella ya no está nerviosa y ya no se preocupa por la hora que es. Él deja de ser una persona insensible y bruta.

-Te lo digo de verdad, si no me voy ya será demasiado tarde. Tal vez pueda esperar hasta mañana, pero entonces debería pasar otra noche fuera y mi cuerpo ya está resentido.

-Permíteme entonces que te acompañe allá donde debas ir, o quédate aquí a pasar la próxima noche.

Ahora se daba cuenta que era aún más bello de lo que lo había visto la primera vez. Por eso mismo no quiere meterlo en sus líos. De pronto, sin mediar palabra, echa a correr, como ya hizo para huir de aquel lujoso carruaje. Y como pasó la otra vez, el sorprendido no tendrá apenas ni tiempo para pedir explicaciones o para echar a correr tras ella, puesto que ningún cerebro es capaz de procesar esa información en esos instantes, y menos un cerebro que ha dejado de funcionar para dejar paso a que actúe el corazón…

Así se quedó, paralizado. Ahora que su cuerpo empieza a entender un poco de todo aquello, sabe que uno de los dos tiene que actuar con un poco de racionalidad. Sabe que quiere salvarla, pero para ello no basta con correr sin tener un plan en la mente. Y aunque ella ni siquiera se hubiera dado cuenta, él sabía su historia, puede que no con exactitud, incluso puede que se estuviera confundiendo, pero su cara le suena, no sólo eso, le suenan sus gestos, sus formas de actuar, reconoció esa clase de miedo que ella estaba sufriendo en ese instante. Ella no quiere nadie que la rescate, porque cree que ella sola puede con todo y puede que hasta el momento le haya bastado, pero va siendo hora de dejarse ayudar un poco. Y él sabe bien como hacerlo. Y va a hacerlo. La ama. La ama como nunca ha amado nadie. Sí, lleva unas horas enamorado, desde que la vio entrar en el cementerio hasta que por fin se atrevió a acercarse a ella.
Y el amor, siempre hay que salvarlo, por mucho que parezca que no tiene oportunidad ninguna de ser salvado. Va a salvarla, y va a darle lo que necesita. Amor…

Recuerda la última vez que recibió amor. Ella una joven deseosa de cosas nuevas, pero rica e importante, que cómo no, debía casarse con alguien de su misma clase social. Y es que, ¿qué muchacha de buena familia querría terminar casada con el enterrador del cementerio de la ciudad? Un hombre que sólo convivía con los muertos y que por ello carecía de sensibilidad alguna o era incapaz de mantener una conversación sensata con nadie. Él sólo fue un maestro en otras artes, porque aunque careciera de sensibilidad, siempre había quien quisiera algo fuera de lo común, aunque fuese en la cama. Y eso había sido él para aquella joven, alguien fuera de lo común que sólo podía ofrecerle placer y pasión, aunque él se empeñara en ofrecer algo más, aunque se esforzara en cambiar, en demostrarle que si que era capaz de amar y hacer sentir amada, que era totalmente capaz de mostrar sus sentimientos. Sólo había que darle una oportunidad. Y a él nunca se la quisieron dar. Nació sin madre, con un padre aún más bruto que él, que lo único que quiso y pudo enseñarle fue el arte de colocar lápidas sobre muertos. Muertos que seguramente hubieran tendido en vida todo lo que él jamás fue capaz de tener, todo lo que él hubiera deseado. A los que más envidiaba era a aquellos más pobres, aquellos a los que iban a llorarles sus esposas e hijos, porque eso significaba que habían sido amados a pesar de su situación económica. Y él, en silencio, soñaba con su muerte, con que alguien le fuese a echar de menos cuando muriera, porque conocía su final, sabía que terminaría muriendo solo…

PD: En primer lugar, no creí que este blog fuese a funcionar y sin embargo cada día que lo miro me encuentro con una nueva sorpresa, y en segundo lugar, gracias a los que os leéis todo y dejáis un comentario, tampoco creí que la historia fuese a funcionar... =)

sábado, 24 de enero de 2009

Luces rojas (Capítulo II)


Hace frío, mucho frío, es una noche gélida con un viento capaz de helar a cualquiera que se ponga en su camino. Además, ha perdido parte de su ropaje por el camino, tiene los brazos y el escote expuestos al chocante frío.

Ha corrido tanto, que no ya no sabe ni donde está, al principio creyó que se estaba internando en un bosque, pero no fue así. Las lápidas le indicaron pronto que estaba en un viejo cementerio, un cementerio de gente importante, puesto que los pobres, como sus abuela y su padre, eran enterrados sin ningún tipo de lápida o inscripción que mostrara que permanecían allí. Este, sin embargo, estaba lleno de cruces latinas de mármol, de lápidas con apellidos pomposos.
Va a descansar apoyándose en una de ellas, sin mirar el nombre, sin mirar como es la lápida, simplemente va a echar la vista hacia el suelo, mirando sus rasgadas vestiduras, sus zapatos embarrados, su dignidad caída por algún lugar en algún momento que ya no recuerda…

Ya no piensa. ¿Para qué hacerlo? Ya sabe que su vida no es lo que imaginó, ni siquiera eso, no es lo que ella hubiera querido. ¿Querer? ¿Qué es lo que espera ella de la vida, qué es lo que quiere o necesita para ser feliz? De momento cambiar. Cambiarlo todo, quizá lo mejor sea marcharse de la ciudad, empezar de cero en otro lugar, vivir de… ¿de qué? Lo único que sabe hacer es acostarse con hombres ricos a cambio de unas cuantas monedas, nunca ha hecho otra cosa y no sabe si tiene otra clase de habilidades. Ya aprenderá. Ahora sí piensa, piensa con optimismo, piensa que puede ir a mejor, que va a costar, pero que lo va a lograr.
Ya no mira al suelo como si buscara algo, porque su dignidad y su felicidad, lo que estaba perdido, ya lo ha encontrado, lo ha recuperado para empezar de cero, y de la forma más extraña del mundo, así, de pronto, sin pensarlo antes…
Pero ahora tiene que dejar de pensar, y empezar a actuar. Va a ir a su pequeña casa a recoger lo poco que tiene y dinero suficiente para sobrevivir un tiempo. Pero antes debe cuidarse de ser reconocida, puede que el noble al que abandonó en el carruaje haya mandado buscarla, no sabe cuan vengativo puede llegar a ser un hombre que se ha quedado con las ganas de pasar un rato divertido, y más si se trata de uno orgulloso acostumbrado a que todo el mundo obedezca sus órdenes.

Comienza a intentar caminar reproduciendo el camino que ya había echo, pero esa vez a la inversa, recordar el camino que había echo en mitad de la enajenación de su mente era realmente complicado, pero poco a poco iba recordando ciertos puntos por los que ya había pasado aquella noche.

Camina deprisa, quiere llegar al amanecer, en esa hora en la que el pueblo comienza a despertar pero todavía no hay nadie en la calle y la gente de la noche ya está en casa durmiendo, y sobretodo cuando nadie quisiera verse envuelto en el escándalo de detener a una muchacha por haber huido de una noche de lujuria con un hombre casado e importante.

Ya comienza a salir de ese cementerio y encuentra un camino, el que debe seguir, seguramente, cuando de pronto alguien la para a la voz de “alto”. Ahora que ya no notaba el frío de la mañana, comienza a sentirlo, al quebrantársele su aliento, al cortársele el aire que respiraba. Va a girarse poco, no quiere pensar en que ha sido encontrada, es imposible que en aquel lugar haya sido encontrada y tan rápido.

La sorpresa llega cuando se topa con un joven, demasiado joven para la voz tan imponente y grave que tenía, demasiado hermoso y junto a él lo que podría ser un lobo, aunque debe tratarse de uno de esos perros grandes. Él, demasiado sereno como para pensar en ir a llevársela con él y castigarla. No, no es nadie enviado por el noble, pero entonces, ¿quién era ese joven de voz grave, bello y con un enorme perro junto a él?

viernes, 16 de enero de 2009

Luces rojas (Capítulo I)


Se ha puesto su traje de gala. No es una noche cualquiera. Coge su botecito de colorete. Le ha costado caro, algo que jamás pensó que podría comprar. “Sólo las cualquiera utilizan esa clase de cosas” Esa frase retumba sobre su cabeza como una oscura pesadilla que vuelve del pasado.
Nunca logró entender que tenía de malo aquello, querer sentirse guapa, ser llamativa, gustar a los demás, gustarse a sí misma, y es que ya no llamaban la atención las muchachas de rostro pálido, muchas historias corrían acerca de esas chicas por aquellas calles en las que el miedo era el principal sentimiento.
Realmente, le hubiera gustado ser una de ellas, aunque sólo formara parte de una fantasía, para poder volar cuánto quisiera, lejos muy lejos…

Ahora ya no tiene tiempo para seguir pensando en su niñez, ni en los y tarde para perder el tiempo en tonterías cuando debería estar ya en su lugar habitual. Es demasiado tarde. Tarde para regresar atrás y tarde para seguir pensando en los sueños que la acompañaban.


Lo que hace especial esta noche es el hecho de la visita de numerosos burgueses y gente cercana a las cortes reales de Europa.
Tiene que conseguir encandilar a alguien importante, por lo menos tanto sacrificio tendrá como recompensa vivir entre lujos y sin demasiadas preocupaciones. Ser la cortesana de un noble aseguraba protección, dinero, lujos y algo que no tenía, libertad. Libertad de no estar atada al miedo, ni a las necesidades.

Sabe que lo especial de las chicas de la corte es que han sido elegidas y no se han ido ofreciendo como hacen con el resto de los clientes. Era complicado ser escogida, y más si se trabajaba fuera de un burdel como lo hacía ella, pero sabía que podía lograrlo. Muchas madames se la rifaban, ella sola conseguía más riquezas que todas las chicas de un burdel juntas, pero ella siempre prefirió trabajar por su cuenta, sin que nadie le quitara parte de lo que tenía, para echarla cuando ya fuera vieja sin dejarle nada.

Una vez en la calle se abanica con ahínco, no de forma seductora, quiere ser ella misma, al menos esta vez, que le aprecien por ser ella. Nunca la han querido así, su madre era la primera que trató de cambiar su forma de ser.

La otra chica, la que acaba de empezar, la observa porque quiere aprender de ella. No hace mucho que la ve por esos sitios, seguramente, como ella, busca escapar del hambre y su belleza ha sido lo único que le ha servido de instrumento.
Hambre, que palabra más lejana le resulta ahora que nunca la siente, ahora que disfruta de todos los manjares que existen. Todos menos uno. El amor y lo que ello implica.

Su peor pesadilla era estar sola. De pequeña lo estuvo, nadie la estimó. Su padre murió en una de las muchas guerras que se llevaron a cabo en ese siglo, cuando apenas era ella una niña, y su madre, su madre la culpaba de todos los males de la familia, de su pobreza y de su imposibilidad para volver a casarse con una niña a cuestas. La abuela fue la única que le mostró amor. La pobre ciega le enseñó cuanto sabía, o al menos cuanto su ceguera le permitió mostrarle y supo ver más allá de su belleza externa. Pero muy pronto también la abandonó, sin haberle mostrado todavía todo cuanto hubiera necesitado saber para continuar adelante.
Ahora se pregunta si de verdad ella supo alguna vez amar a alguien, odió a todo el mundo, incluso a los que más quiso, por abandonarla.

¡Que cosas tenía la vida! Piensa en acudir a la niña, porque no es más que eso, y decirle que huya. Huir de lo que ella hubiera querido escapar hace unos años. Sólo quería amar, viajar y volar. Volar como hacía de pequeña, o al menos como lo soñaba.
Cuando por fin se atreve a dirigirle la palabra, sin llegar a pronunciarla, se le acerca un hombre. Allí, junto a la luz roja de su farolillo, una galantería una sonrisa falsa planeada. Y lo demás surge solo, como tantas otras veces… Pero hay algo que no es igual, su mente no está donde debiera, no lo comprende, ¿Por qué ahora? Ahora que tiene la oportunidad de viajar, ser rica…. ¿Y de ser feliz?

Feliz. No había conocido el significado de esa palabra nunca. No sabía lo que era ser feliz, porque cuando pasaba hambre, creía que sería feliz sin ella. Cuando pasaba frío y no tenía donde dormir, creyó que la felicidad residía en tener un techo y una manta con la que abrigarse en las noches más frías. Cuando no se vestía con los ropajes más económicos, los regalados, pensó que sería feliz cuando pudiera comprarse toda la ropa que quisiera, rodearse de joyas de prendas caras, de sedas… Y aún así, no sabía lo que era ser feliz, aquello no le llenaba, aquello no le hacía sentirse bien, no le hacía ser persona, si no un mero trozo de carne que tenía que sacar lo mejor de sí para poder ser comprada. ¿Había sido aquel el mejor camino? ¿Había sido necesario prostituirse para salir de la pobreza? Sabe que de otro modo no hubiera salido de ella, pero al igual que su madre fue feliz una vez, podía haberlo sido ella, sin tener que atarse a todo aquello, sin tener que ser criticada por el resto de los ciudadanos que se consideraban respetables. Sentirse sola ante el peligro, no tener a quien recurrir en ningún momento de angustia, porque estaba ella sola, con su dinero y el poder que ello le otorgaba, pero sola ante el peligro al fin y al cabo. Sola, sin poder llorar sobre el hombro de nadie, sin poder contar todas esas anécdotas graciosas con las que topaba a lo largo de aquellas frías noches. Sola. Tenía apenas veinte años, era la más bella de la ciudad, la que mejor vestía, la más admirada, la más deseada de todas las mujeres, y sin embargo no lograba ser feliz…

Estaba subida en el carruaje de aquel hombre que se le había acercado. Era sin duda un noble importante, alguien realmente cercano a alguno de los reyes. El oro de sus joyas, el carruaje, de lo más caro que podía encontrarse, su manera de hablar y de dar órdenes. Era sin duda alguien que no pasaría desapercibido en ningún lugar. Iba bebido, lo notaba en el olor de su aliento cuando hablaba con ella. No era feo, pero se notaba que no era joven, seguramente quería una mujer junto a él que le hiciera sentir joven de nuevo.

Empieza a costarle respirar, porque no sabe si de verdad quiere seguir adelante.

Entre las risas del noble y las bromas sin gracia, no pudo evitar gritar un “paren”. El conductor del carruaje un tanto desconcertado le hizo caso. Y ella ante la confusión de todos, salió corriendo escuchando unos gritos y blasfemias que cada vez le eran más lejanos… Tuvo suerte y el noble ni siquiera se molestó en seguirla, pues su estado y su edad, no se lo hubieran permitido…
Aunque el estado en que ella se encontraba, tampoco le permitía pensar en qué hacer ahora, a dónde dirigirse. Por tanto sólo le quedaba correr cuanto pudiera, y cuanto más lejano fuese eso mejor le iría. A pesar de que para ello tenga que perder parte de su ropaje, ese tan caro, ese que supuestamente la iba a convertir en una mujer más feliz, al quedársele enganchado en varias ramas de árboles, o en alguna de sus caídas sin importancia y sin rasguños. Ya nada le importa. Pierde el aliento por momentos y no sabe cuánto tiempo más va a aguantar corriendo sin echar la vista atrás, corriendo en la oscuridad sin saber con qué o quién se va a topar. Pero no le queda de otra, y continúa corriendo apenas sin fuerzas ya. Hasta que se crea lo suficientemente alejada, y encuentre algo donde apoyarse, un sitio donde hay un claro que le permite ver la luna llena de esa noche. Va a intentar respirar y a intentar pensar poco a poco, aunque primero debe frenar y tomar un respiro.